Thursday, June 7, 2012

De LA a San Francisco via los bosques y la playa

Por Los Ángeles pasé rauda.
Mucho no pude conocer de su cultura lunática hollywoodense, sus grandes automóviles, sus constantes crisis de mediana edad.
Sólo conocí la casa de mi tía Deby que junto al primo Dani me recibieron cariñosos en medio de su ocupadísima semana.
Y conocí algo de los barrios universitarios junto al querido Enrico que cada día se las arregla para agregarle capas a su vestimenta mientras desviste su alma. Hasta alcanzamos a hundir las patitas en el siempre gélido Pacífico.
Y la verdad prefiero mil veces este turismo de compartir con los queridos. De sentarse a filosofar tranquila frente a una cerveza o un borscht, en vez de correr, a la hora del tráfico de un museo a otro.






Al tercer día me siguió guiando mi brújula pachamámica, esta vez camino a los enormes bosques de Sequoia. Estos enormes valientes de troncos rojizos que son los únicos que quedan de su especie. Viejos. Cualquier número entre 100 y 3000 años. Siempre observando un tiempo del que nosotros no nos percatamos.
El camino ascendía tierno de curvitas y flores y ardillas. Los campos de a poco van siendo reemplazados por troncos y, de pronto, entre los claros, se van divisando gigantes. Pasan como ilusorios por el rabillo del ojo hasta que de pronto al lado del camino hay una hermosa pared roja, inabarcable y viva.
El parque está lleno de vida. Carpinteros azules, ardillas ocupadas, cirvos despreocupados, osos desparecidos.
La chica del campground me decía que una osa y sus cachorros anduvieron merodeando por el terreno el día entero. Que tuviera cuidado con mi comida y la guardara en las cajas de metal que hay para eso. Y yo me pasé la noche congelada. Hacía muchísimo frío en el parque que está a casi 3000 metros de altura. Pero igual animada, mirando de vez en cuando por la ventana esperando que aparecieran los ojos. Cosa que no ocurrió nunca....













Pese a que el parque era una belleza, el frío fue demasiado para mí que no andaba preparada y además decían que al día siguiente nevaría. Así que partí rumbo a la costa descendiendo nuevamente por las pequeñas curvas rodeada de guindas, alcachofas, deliciosos duraznos.
Saltando de camino en camino me encontré dentro de un parque nacional que comenzaba siendo un fuerte militar con terrenos de entrenamiento de película.
El parque (llamado Los Padres) era hermoso verde de río transparente.
Me quedé en el primer camping con espacio que encontré ya que era fin de semana largo y estaba lleno de gente.
Y qué afortunada de encontrar lindo lugar fui. Junto a una linda familia de Santa Cruz con la que compartí noches y mañanas junto a su fogata. Junto al río solitario de rocas grandes donde me pasaba el día mirando las nubes entre las hojas. Era como una vacación dentro de esta gran vacación.
Igual las noches seguían siendo bastante frías, pero cada vez me hice más experta en aramar carpa gitana dentro del auto con diarios y ropas. 






Luego de un par de días me encaminé a San Francisco por la costa. Pasé por los territorios de Miller, Steinbeck y Kerouac. Big Sur con sus olas grandes y azules que no invitan a nadie a zambullirse, exepto quizás al amigo Eolo.
Monterrey y el mundo de las sardinas. Y el festival de "calamares" que resultaba ser una buena ocasión para comer chowder de almejas, probar el vinito de la sona y menearse al son del folk junto a los niños.
Estaba todo absolutamente repleto de gente. Caminante, comiente, conversante, bailante, patinante, cicleteante. Por suerte encontré cama en un hostal rico y acogedor.
Al día siguiente antes de partir sí me pasé por el mayor atractivo turístico de la zona. El acuario. Y era bastante impresionante con su tanque enorme. Seguramente uno de los trozos de vidrio curvo más grandes que se han desarrollado. Detrá del cual jugueteaban distintos tipos de atunes, veleidosos cardúmenes de sardinas, un flojo pez Mola, par de tortugotas, un tiburoncillo.
Lo que más me gustó (ya se verá en las fotos) fueron las medusas. Bailarinas que pasan desapercibidas en el gran azul y aquí bailaban bajo reflectores acentuando sus colores y formas.

Y ya camino a la ciudad vía los bosques de Redwood, otros hermosos gigantes.















Y finalmente en la ciudad que aún vive del orgullo de ser la cuna del hippismo. Y también de ser la cuna de internet. Qué buena mezcla.
Me la pasé caminando por acullá con nuevos amigos latinoamericanos (Uruguay, Chile, Argentina). Hablando sobre la inmortalidad del cangrejo entre librerás, bares beat, barrios consumistas que viven de la venta del signo de paz.
Y como el nuevo amigo Gabriel dijo que a una ciudad se la conoce a través de sus bares, también salí. Al viejo Saloon, donde el viejo de larga barba blanca te abre la pueta a una taverna con una buenísima mezcla de gente. Viejos, estudiantes, trabajadores, cesantes. Y una banda de tres. Genial. De vocalista una menuda señora japonesa que uno se imaginaría encontrar pasando piola en el mercado. Pero aquí desarrollando unos riffs dignos de Jimmy Page y sacando un vozarrón de garganta rasposa y rockera. Genial.







También algo de vida familiar con mi primo y su familia. Mi sobrina/prima me impresionó con sus grandes motivaciones de cantar, escribir, diseñar automóviles! Jamás se ha visto niña de 7 años más hacendosa.

Como buena turista crucé el Golden Gate contra el viento. Enorme bella mole ingenieril. Algo mágico siempre tiene cruzar puentes. Tomarse n aire para mirar de dónde uno viene y hacia dónde va.
Acá en NY ya me voy familiarizando con eso. Cada día cruzando en cleta de Brooklyn a Manhattan y luego de vuelta.
Pronto más sobre eso...
















3 comments:

  1. hola katia

    como siempre un gusto leerte y ver las imagenes ke acompannan al relato. Espero q nos podamos comunicar mientras andas por Brooklyn, un abrazote triple
    de tu family chiwi!

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    1. Hola queridos!
      Ya me fui de Brooklyn hace rato! Y estuvo bellísimo : )
      Espero hablemos pronto.
      Abrazote!

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